Hay días -según la temporada- en que me levanto sólo con la esperanza de que terminará también el nuevo día. Si nada extraordinario ocurre, estos días se diluyen inútilmente por el fregadero y, al final de ellos, concedo al mundo una tregua hasta nuevo aviso. Todo inicio tiene un fin, decían en aquella película, y así sucede con lo bueno y con lo malo. Todo pasa. Pero también todo queda. Y hoy no soy capaz de encontrar un hueco en mi memoria suficientemente grande para guardar todas las noches pasadas en K******* que debo recordar.
Este cuaderno de notas toma su nombre del callejón de K*******. Allí terminaron muchos de esos días que no quise empezar; allí supe que una farola puede dar más luz que un mediodía y que nada calienta más que un cigarro. Pero sobre todo aprendí a apoyarme en la barra que me ofrecieron para saltar con fuerza y gritar, enfadarme, reir, olvidar, hablar, pensar...
Cuando bajen definitivamente la persiana de K******* a final de este mes habré perdido un refugio más donde acudir. Esos días coincidirán con otros en los que tendré que pensar qué hacer y a dónde ir, y a lo mejor también habrá una reflexión sobre el paso del tiempo, el pasado y el futuro. Y no quiero. Al menos, no quiero hacerlo en otro sitio.
15.5.04
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