16.10.06

premio nobel

Delante el folio en blanco. En realidad no es una hoja, sino una pantalla de última tecnología donde se enmarañan los cientos de opciones que ofrece la última versión del procesador de textos. Ya apenas uso papel, pero aún me imagino su tacto, las esquinas formando un ángulo perfecto y el escozor al pasar el dedo por los bordes.

He decidido escribir la historia triste que ocurrió en el monte, entre las jaras, durante la guerra; o la del niño rico que se asustaba de las gallinas; o la del preso que soñaba que era un pez de colores; o esa que siempre te hacía reír cuando llamabas a tu mamá y te ponías triste. Porque no hay forma de empezar este discurso sin nombrarte, y de ti sólo me queda el libro que te firmé cuando nos conocimos: “gaviota o burbuja, el puerto, tus calles… con cariño”.

Delante el folio en blanco. Y lo único que se me ocurre es recordar tu boca, y todas esas veces que me dijiste ven conmigo, es tarde, ¿por qué sigues escribiendo?