La primera vez que lo hizo terminó en el hospital, aunque esa no fuese, al menos en principio, su intención. En aquel tiempo ya había descubierto que ninguna distancia era suficiente para olvidar el nudo que con demasiada frecuencia le apretaba en el estómago, a pesar de que aún seguía intentando desatarlo recorriendo carreteras, tomando autobuses y durmiendo en trenes que le llevaban a ciudades cada vez más lejanas.
Desde aquel día, en cuanto notaba extenderse aquella sensación desde el ombligo a la garganta, se despedía de todos sus conocidos con cualquier excusa y, ya en casa, abría el armario, doblaba cuidadosamente su ropa, recogía el cepillo de dientes del baño, limpiaba sus mejores zapatos y lo colocaba todo cuidadosamente dentro de su maleta. Después de cerrar las ventanas y asegurarse de que los grifos estaban bien cerrados y las luces apagadas, se metía dos pastillas azules en la boca y se recostaba en la cama. A los tres días despertaba, sediento y desorientado, y entonces salía a la misma calle donde había crecido, aunque él no lo recordaba, y empezaba una nueva vida.
24.3.07
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