El niño de las gafas es tan pequeño que apenas llega a asomarse por el postigo de la puerta del cortijo, pero sabe que ha llegado alguien que no es de la familia, porque los perros casi nunca ladran así.
Es la guardia civil, dice la abuela en un susurro, y al niño se le vuelve todo furtivo (la escopeta de cazar de papá, la moto del hermano, la iteúve del coche de los primos), porque no entiende qué hacen allí los dos números.
Luego, los días siguientes ninguno de sus amigos elige ponerse el escurridor de la fregona en la cabeza y hacer de agente cuando juegan a los mayores, porque dicen que no quieren ser el malo.
Pasarán muchos años hasta que el niño de las gafas, el vivo retrato de tu abuelo, sepa por qué lloraba tanto la abuela aquel día.
25.3.08
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