19.5.05

Buscando personajes


A ella, repito, la dejé en una puesta de sol ansiando por cada poro. Ella estaba tranquila, sí, como quien lo espera todo y, evidente, no espera nada.
Apenas la leve brisa balanceaba su cabello triste, sus poderosos brazos morenos habían perdido el aliciente de la movilidad y caían como una flor afligida. Sólo la cabeza se mantenía rígida, asentada en su pequeño cuello.
Corre, le insistía desde otro universo. Y silencio.

al final es el tiempo,
el devenir del ser, y los demás.
Al final es mucho yo, yo, yo,
y los demás.

Qué deseos de buscar esa verdad que bien sabe inexistente. Es otro nuevo modo de asirse a la infancia. La ansias de palpar eso, se llame utopía, verdad, bondad, solidaridad, hermandad, familia, trabajo, dinero; esa posibilidad que nos redima de nuestro nacimiento y propicie la felicidad plena. Ese creer que nos ponemos en el camino para alcanzar algo, y que sólo la consecución de esa meta permitirá nuestra transmutación. Nadie consigue la meta final. Puede ir venciendo pequeños tramos, pero no la gran victoria. En todo caso, esa gran victoria es la muerte.
Él seguía teniendo la necesidad de reducir el mundo a una única verdad. Y escribía aquello de que al final es el tiempo, el devenir del ser, el ser y los demás. No puedo afirmar esa certeza, pero presiento que se equivocaba. Para él, su final, era la necesidad de comunicar, principalmente con ella, preferentemente en días y noches de insomnio.
Le encantaba adormilarla con sus reflexiones. Él uno sufría por llegar a algún sitio, la otra por no caer de la última palabra al sueño profundo.
Una pequeña loma ataviada con césped falso pero muy verde. Sentada, se abrazaba los brazos como una adolescente. Creo que ya dije cómo se balanceaba su corta melena, cómo en sus ojos había vida, aunque estuviera tamizada por un fina película de lágrimas lentas.
Tan sola, tan dispuesta a acatar su destino. No creo que sintiera miedo, su cuerpo transmitía placidez, pero, aquí, al pensarla, desde este lado, éramos conscientes del trance.
Se recostó sobre su lado derecho. Apoyaba en paz su cabeza en aquella mano callosa, y miraba al sol. Pronto se dejaría rodar, hacía abajo, hacia abajo, asumido el final.
¿Muere?, le interpeló, consciente de que el silencio implicaba el final de la historia. Tumbada de lado en la cama, frente a él, no lo miraba con los ojos, sino con todo el cuerpo. También ella, como la otra, sustentaba dificultosamente su cabeza.
No hubo respuesta verbal. Comprendió su cansancio y se dedicó a observar ese delicioso cuerpo dormido.
No eran los ojos de ella lo que encontró, sino unos pezones guerreros que pugnaban por llamar la atención entre tantas posibilidades. Cubiertos por un amplia camiseta blanca no dejaban de gritar.
Juan respondió y fijó su vista. Luego, directamente, los apretó entre sus dedos.
¿Qué? ¿Muere? Sí, sí, respondió él.
La comunicación empezó o terminó; la noche seguía avanzando, i-rremediable, in-sensible, in-parable, in-justa, in in in... Como cualquier otra noche.

2 comentarios:

juan dijo...

in-presionante! ;-)

Tu historia me da mucho que conversar, sobre todo de esa parte en la que hablas de encontrar el objetivo "que nos redima de nuestro nacimiento y propicie la felicidad plena" a ese yo, yo, yo, yo... uff, que acierto.

Aunque "nadie consigue la meta final", ¿podemos recurrir al tópico de lo que importa es el camino? Y después contar ese camino, claro ("principalmente a ella"). Y reducirlo, al fin y al cabo, a pasar otra noche más lo mejor posible. Me has dado en el clavo, mamón.

Gracias por volver, y por hacerlo a lo grande.

Anónimo dijo...

¡Qué exagerado eres! Me alegro q te hagan pensar mis palabras. Para devolver el elogio quiero q sepas q eso lo escribí después de leer tu "aceleración,trance,expansión". Lo de "con las yemas de los dedos abiertas en flor" me llegó y me obligó a intentar escribir.