Yo me dedico a interpretar sueños -respondió él cuando la chica de la barra le devolvió la pregunta.
Intrigada, dio un sorbo a su gin-tonic, sonrió con los labios que más de la mitad de los que quedaban en el bar habían besado, y le pidió más explicaciones.
Es fácil -prosiguió. Tú me cuentas un sueño que hayas tenido recientemente y yo te digo las motivaciones, que lo han provocado, incluso las ocultas, para que te resulte más fácil corregirlas (si quieres). Si tu vida mejora a partir de mi revelación, cosa que suele ocurrir, acepto un pago.
Con cierto desprecio, ella murmuró que eso no era más que psicoanálisis básico.
Él no se rindió. No exactamente: mis interpretaciones se basan en metáforas literarias, en paseos de biblioteca, en historias olvidadas en estanterías. Conocer a fondo lo que se ha escrito y lo que se sigue escribiendo en esta ciudad me sirve para pulsar las emociones de sus habitantes, pues casi todo lo que se puede sentir ya ha sido escrito en alguna parte. Ayer mismo interpreté un sueño a un encofrador de Móstoles que era una mezcla del segundo acto de una tragedia de Eurípides y un paisaje de Tokio Blues. Puedes intentarlo, quizá así me creas -continuó.
Ella empezó a relatarle que era frecuente que soñara que corría por la playa, que le pesaban las piernas, que había olas, que se borraban dibujos de corazones en la arena. Él abrió los ojos, como hacía siempre, para evitar que ella notara que su mirada se perdía en el espacio, si no en el tiempo, y que mentía, porque todas sus interpretaciones se inspiraban en los escasos cinco meses en que estuvo enamorado y en los que sintió todas las emociones que muchas personas no llegan incluso ni a imaginar, ni a soñar, en toda su vida.
21.4.09
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