De repente, el niño de las gafas es mayor. Tiene un buen trabajo en la capital, dicen en el pueblo. Todos los días viaja por los intestinos de la gran ciudad a esas horas en las que hay más gente por debajo del asfalto que por encima. Mantiene la costumbre de escuchar emisoras musicales, aunque en muchos puntos de su trayecto las ondas de radio no llegan al subsuelo y sólo oye ruido blanco por los auriculares.
A pesar de los días de oficina, recuerda cuando su padre le enseñó a capturar a los topos que se ocultan en las madrigueras.
Hay que dar pisotones fuertes a un metro o así del agujero de entrada, pues ésa es la parte más profunda, haciendo círculos alrededor de él. El animal, ciego, creerá que esa parte de su guarida es la más cercana a la superficie, al notarse más las vibraciones, y correrá hacia el otro extremo, donde podremos capturarlo fácilmente.
En ese momento, el niño empieza a escuchar nítidamente la canción que el transistor, ahora sí, está recibiendo. Como el topo, utiliza esas frecuencias para orientarse, aunque él no se confunde y sí encuentra la salida, huyendo de los cazadores y de las jaulas. O al menos, eso cree.

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